"Cuando las personas se quedaron en casa todo comenzó a detenerse. Por ello sus miradas también se detuvieron. Se detuvieron en aquello que veían ahora. Las paredes, las esquinas de los cuartos, los muebles, los objetos que había en las baldas... y muchos de ellos sintieron que ese espacio donde estaban confinados no llegaba a ser un verdadero hogar o que de alguna manera había dejado de serlo tiempo atrás...
y ahora la casa estaba teñida del velo opaco de la falta de tiempo, de la atención insuficiente, de las ausencias.

Sus miradas se detuvieron también en sus cuerpos y muchos vieron que aquella casa del alma no era un verdadero hogar sino un espacio muchas veces deshabitado, sin frecuentar, dirigido desde el ático de la mente. Y en aquel tiempo sin prisas, en la paz del silencio, comenzaron a fijarse en las plantas,  y a conversar con ellas, atender su tierra y sus hojitas, y hacer molinillos y mandalas de hilo para decorar las macetas.

Comenzaron a escuchar su cuerpo, que pedía movimiento, estiramientos, masajes, hidratación, y volver a respirar plenamente como un niño llenando la barriga.

Comenzaron a fijarse en los objetos que decoraban los estantes, en los guardados en armarios y cajones. Y al tener tiempo de escuchar y sentir los recuerdos que estos les traían oyeron a su corazón opinar sobre si ya era hora de dejarlos marchar de acuerdo a quienes eran ahora..

Las casas comenzaron poco a poco, día a día, a convertirse en nidos hechos con páginas de libros y partituras de instrumentos musicales. Nidos de sábanas y mantas, vendas sutiles donde reposar y cicatrizar heridas. Nidos con olor a guisos, magdalenas y galletas caseras, ambientes con inciensos, salvia y luz de velas. Nidos de danzas, cantos, dibujos, manualidades y juegos de mesa, conectados con los otros nidos del mundo con puentes de fe, amor y solidaridad. Nidos con miradas a los ojos, con tiempo para conversar, con abrazos que sostienen temores en la medicina de la presencia, nidos crisálida que nos acogen, permitiendo observar la vieja piel que duele porque se nos quedó pequeña, y transformarnos como la oruga se transforma en mariposa.

Cuando las personas salieron de las casas, lo externo empezó a transformarse, porque se había grabado en ellas como era vivir en un santuario, con tiempo sano en fe, amor y solidaridad.

La energía femenina había retornado, restableciendo el equilibrio. Y debido a que como es dentro es fuera, así como cuidaron y atendieron sus hogares, Comenzaron a cuidar y atender a la tierra, el gran hogar de todos. Gracias tiempo sin prisa que hoy nos das la oportunidad de volver a habitar nuestra casa y convertirla en un nido, un verdadero hogar para quiénes somos hoy. Démonos el tiempo que nos pide el alma y permitamos que esta pausa nos transforme. "

Este cuento es de Myriam Aram y está inspirado en un poema atribuido a K.O’Meara.