Hoy he sentido mucha frustración por seguir lidiando con miedos e inseguridades que ya son viejos amigos, aunque apenas nos conozcamos.

Ayer sentí en lo más profundo de mi pecho que había llegado el momento de brillar. Hoy, con toda su dureza, la oscuridad me ha acechado desde primera hora de la mañana. He odiado esa bipolaridad, aún siendo consciente de que no hay luces sin sombras.

Hoy pareciera como si llevara lentes que me impidieran ver lo positivo. Pero lo positivo del día ha sido precisamente eso, ver los miedos, ver las sombras, nombrarlos, hablarles. Hablarles a las demás sobre ellos, y escuchar los miedos de las demás.

Hemos hablado sobre nuestro concepto del éxito y sobre nuestro miedo al éxito. Ese miedo inconsciente a brillar y ser la mujer que siempre hemos imaginado ser.

Nos hemos reído de las autoentrevistas que le hacemos a esa mujer de éxito, nos hemos identificado con una percepción generalizada de que el éxito nos restará libertad, nos robará nuestro tiempo y convertirá nuestra pacífica vida en una vorágine.

También nos hemos hecho bolas sobre si ese concepto del éxito es un deseo nuestro o reflejo de la sociedad en la que vivimos.

Al final del día me siento agradecida de haber podido nombrar esos miedos y ponerles nombre. Así puedo reconocerlos cuando vienen a hacerme compañía; podemos tomar un té, mantener una conversación, agradecerles la visita y despedirme sabiendo que ellos no soy yo. Sólo intentan ayudarme de la mejor manera pero con la información parcial y sesgada. En mi mano está dejar de escuchar a los miedos, sacudirme el polvo y dejar salir el brillo que mi alma reclama.