Hace unos días compré dos pares de pendientes en una tienda de segunda mano, mismo modelo diferente color. No parecían muy vintage y era demasiado baratos, pero me permito todo dentro de los muros de una tienda de segunda mano así que no quise preguntar su procedencia.

Eran tan vistosos y coloridos que de la noche a la mañana pasé de no usar pendientes a llevarlos puestos día y noche. Nuestra historia de amor era especial y verdadera. Todos alababan mis pendientes y yo respondía como siempre orgullosa: son de una tienda de segunda mano. 

No vi venir el drama, pero la experiencia me dice que cuando se te hincha mucho el pecho la vida te pone en tu lugar. Así que el día 31 de diciembre salí a dar un paseo y cuál fue mi sorpresa cuando vi no a una sino a dos chicas con los mismos pendientes! 

No sólo no eran vintage sino que además no eran nada originales cuando en un momento me crucé con dos más. Así que no pude evitar decepcionarme y en cuanto llegue a casa me los quite.

De toda esta situación hay dos cosas que me molestan. En primer lugar ¿por qué esa necesidad de ser más que el resto? Más original, más creativa... ¿Es que acaso si los llevo yo son únicos, y si los lleva otra son corrientes...? 

Y en segundo lugar me impresiona cómo cambia la percepción de las cosas en función de los sentimientos y expectativas que pongamos en ellas. Si pienso que son de una tienda de segunda mano y por ende son sostenibles y únicos los amo, si simplemente son unos pendientes baratos de alguna tienda actual que cualquiera puede salir a comprar... la cosa cambia! Ya no valen tanto para mi.

Afortunadamente con cada reflexión soy capaz de transmutar mis sentimientos y con ello aportarle un nuevo valor añadido a estos pendientes. Cada día que me los ponga no pensare lo guay que soy por haber encontrado estos tesoros exclusivos, sino que me enseñarán a ser más humilde y más flexible. Así que aparco mi soberbia en el 2017 y comienzo el 2018 más ligera de peso.

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Miriam

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